A cualquiera menos a mí

Esta es la historia que escribí cuando tuve el problema de anorexia hace 11 años atrás, el antes, durante y un poco después. Espero que si te encuentras en una situación similar esto te pueda ayudar a tratarlo poco a poco, no estás sola (o). Dra. Mariel Pereira. 

El año pasado en la materia de biología estábamos viendo desórdenes alimentarios; como la anorexia, la bulimia y también el contrario a los mencionados anteriormente, los comedores compulsivos. En el libro venían todos los síntomas que una persona con esas enfermedades presenta, tanto a corto plazo como con el paso del tiempo. Yo en ese momento pensaba que estupidez cómo es posible que alguien caiga en eso; cómo era posible que alguien sano se arruinara la vida de esa manera. Me acuerdo de muchos comentarios que venían en el libro, mencionando por qué las personas empezaban a sufrir estos desórdenes. Tal vez era por el comercio que hacía ver que lo único bello y digno de apreciar era lo delgado. Inclusive la sociedad hacía ver que todo lo que no era delgado era desagradable o despreciable. Todos nosotros estábamos construyendo ese margen que obligaba de una u otra manera a las personas a encajar en él; más en las edades de la adolescencia, donde el físico es de suma importancia y no se quiere dejar pasar por alto. Me pareció un tema muy interesante en ese momento, pero no lo vi como de valor para mi vida; ya que yo siempre había amado la comida, claro sin caer en la obesidad. Se podía decir que era una muchacha rellenita.

Cuando era pequeña no comía casi nada por lo que mi mama me dio muchas cosas para que empezara a comer, que tal suplemento, que tal cosa, hasta que comer ya era algo natural y lo hacía como la gente normal. Sin embargo, yo no creo que haya sido buena idea ya que luego de eso empecé a comer demasiado, cada día iba engordando más.

 En los años de cuarto, quinto y sexto de escuela estaba muy gordita. Eso me frustraba, porque a como somos de superficiales los seres humanos; yo a nadie le gustaba, nadie me volvía a ver, para mí las más lindas eran las compañeras que estaban flacas y a esas eran a las que les gustaban a los hombres de mi clase y de la escuela. Cuando íbamos a la piscina no quería que me vieran en vestido de baño, y ahí no era tan acomplejada como cuando entre en la pubertad.

En sétimo tuve un problema con el uniforme del nuevo colegio, al que debía entrar. Yo estaba acostumbrada a usar blusas grandes, debido a que creía que de esa manera me iba a ver menos gorda, pero era todo lo contrario. Me veía más grande de lo que era; la ropa grande en vez de solucionar el problema lo empeoró. Como niña ignorante que era en ese momento no sabía que tenía que hacer para verme mejor, para aceptar mi cuerpo y no esconderlo debajo de ese montón de tela. Me gustaron dos muchachos que como era de esperarse estaban enamorados completamente de otras, más bonitas y mejores que yo. Cómo iba yo a competir con ellas, a modo de que iba a hacer que ellos vieran en mi más que una amiga. Habrá sido culpa de mi peso o de un montón de cosas más que pude haber cambiado en ese momento, pero que no lo hice.

Mi familia tiene como costumbre ir en todas las vacaciones a Santa Rosa, donde trabaja mi papá. Allí vive una amiga que he tenido desde muy pequeña y que amo como a una hermana. Ella es de pelo macho, de ojos azules, alta y con un buen cuerpo. Imagínense, cada vez que sabía que se acercaban las vacaciones, supuestamente empezaba a hacer ejercicios, pero no bastaba, obviamente no iba a adelgazar faltando una semana para irnos. Si no lo había logrado mucho tiempo antes, no lo iba a lograr en ese momento. Entonces siempre me tenía que conformar con ser la amiga gordita, la que está detrás de la alta, delgada y bella. Me sentía intimidada por ella, por la ropa que podía usar y yo no, por culpa de mi estómago. Íbamos juntas a lugares, y ella era la que llamaba la atención. Yo nunca lo hacía, menos en las piscinas que era un lugar común a donde nos gustaba ir en el verano. Por supuesto yo usaba vestido de baño de una sola pieza y no me atrevía jamás a enseñar mi estómago ni mi grasa, porque yo sabía que me iba a sentir todavía más decepcionada de lo que ya me sentía.  Hacía poco me había atrevido a usar vestido de baño de dos piezas sin importar lo que la gente pensara. Aunque al principio no pareció que me preocupara por eso, claro que me sentía muy incómoda con verme al espejo o con solo bajar un poco la cabeza y observar mi cuerpo. Para completar el día una niña me puso la mano en el estómago como si fuera un gran peluche y eso me hizo decir: sino, ya no me volveré a poner cosas como esta a menos de que este flaca.

Hubo muchos que me dijeron fea y eso me afecto bastante y me hizo pensar: ok, mis defectos más grandes son el ser rellenita y tener espinillas. Lo de las espinillas no lo puedo apresurar, ya que es por la edad y normal, aunque me arruine la cara todos los días. Lo otro se podría solucionar, pero ya habían sido muchos intentos fallidos en el pasado. Lo peor que podía pasar era que eso no era solamente lo que estaba mal en mí, ya que podría haber miles de cosas más que yo no era capaz de ver.

Otra cosa, es increíble; mis mejores amigas son flacas ya por nacimiento, o ya porque son de contextura delgada, y claro está, yo por genética soy de contextura gruesa, muy diferente a ellas. Eso no me impedía disfrutar, ser alegre y reír. La gente que me quiere me iba a seguir queriendo de la manera que fuera. Pero había tantas cosas que yo sentía que tenía limitadas por mi aspecto. Cada vez que pensaba o pasaba por ellas, me entristecía tragándome todo y tratando de olvidarlo para que no me afectara mucho, era como un método de defensa burlarme de mi misma, antes de que alguien lo hiciera por mí. Muchos sucesos me marcaron. Me acuerdo de una vez que estaba buscando un pantalón en mi closet y mi blusa se hizo para arriba y mi amiga hizo como un gesto de desagrado, diciéndome que me tapara la panza; me reí por fuera para aparentar, pero no consideraba que fuera adecuado su comentario. También me acuerdo en clases de matemáticas, que al profesor le gustaba hacer bromas y era súper sincero con todo lo que decía. A una compañera la dejaba comer ya que es muy pequeña y delgada; viendo que yo era de menor tamaño me atrevía a preguntarle si yo igual tenía el permiso de comer en clases, pero dijo que no, que yo no lo necesitaba, que yo estaba, en otras palabras gorda. Ni siquiera quise escuchar a que el profesor terminara de hablar, mejor me fui a sentar, haciéndome la loca. Cuando nos cambiábamos en algún lugar, mis amigas se quitaban la blusa como si nada, a mí me daba pena que me vieran, sentía que mi panza era repulsiva. Así que no permitía que nadie la viera, ni me levantara la camisa, y menos ponerme vestido de baño de dos piezas. Como lo dije inicialmente me prometí a mí misma que no usaría vestido de baño de dos piezas hasta que bajara de peso. Ya que no quería que nadie se asustara o peor me criticara. Yo sé que no tengo porque compararme con nadie, no obstante, es feo estar rodeado de muchachas finitas y tu ser la única gruesa, ellas no lo iban a entender y quizás pensarían que estaba siendo envidiosa. Y si estaba siendo envidiosa, envidiaba sus cuerpos y los beneficios que traía consigo.

Sorprendentemente alguien me había vuelto a ver, yo estaba y estoy muy agradecida con Dios por haber encontrado a alguien tan fantástico que a pesar de mis defectos me acepto tal y como era, y me decía que era guapa, hermosa y linda. Seguramente no veía lo mismo que yo veía cuando me ponía frente al espejo, sin embargo, él me hacía sentir bien con sus comentarios y su forma tan maravillosa de tratarme. Sin embargo, me decía que hiciera ejercicios, que así me iba a ver mejor. A mí me daba mucha cólera que él dijera eso, porque si él me escogió así porque razón quería que hiciera actividad física. Está bien, decidí hacer una promesa de hacer ejercicios todos los días a cambio de otra cosa. Pero no lo lograba, a veces bailaba, escasa veces iba al gimnasio o ciertas veces disque hacía una rutina de pilates en la mañana la cual no duraba ni 10 minutos. Obviamente no estaba funcionando, pero yo lo hacía por hacer cumplir mi promesa no por nada más. Yo toda mi vida fui sedentaria. La palabra deporte y Mariel no encajaban en la misma oración. Por eso era que no podía cumplir firmemente con mi promesa y seguía comiendo como de costumbre, a veces todavía más.

En cuantas ocasiones quise bajar de peso, cuantas veces veía en la televisión, mujeres hermosas y delgadas, que son agasajadas por los hombres y lo bien que se ven con todo. Porque eso era otra cosa, a la gente flaca todo les queda bien, todo se les ve bonito y no es complicado ir de compras, ni frustrante por no encontrar la talla que se ocupa. Quería ser libre de usar y hacer lo que quisiera, a amar mi cuerpo, aceptarme, sabiendo que iba a estar bien. Siempre empezaba, el primer día todo salía como yo quería, pero el segundo ya no o lo más que duraba con una dieta era una semana. Pero era débil y no lograba mis objetivos de tener un cuerpo “sexy y deseable”.

Una vez fui al cine con mi novio, y ese día me había vestido con una blusa por debajo y eso hacía que me viera más gruesa. Mi novio me pasaba pellizcando el estómago. Eran tantas señales que me estaba mandado y que mi cerebro estaba tratando de asimilar.

Ese día me pellizco y ese exacto día fue el que me propuse cambiar, y trate de comer menos de lo que ya comía. En las vacaciones me dedique a hacer ejercicio todos los días y tratando de reducir el nivel de comida que ingería. Al principio fue muy difícil, como en todo adquirir nuevos hábitos, evitar comer helados que comía casi todos los días, de no comer arroz, de disminuir los frijoles, de comer frutas, desayunar bien, en la noche comer una fruta y algo pequeño. Pero costaba tanto, más debido a que en esos meses todo el mundo cumplía años; a cada rato que fiestas, que queque, que helados. Entonces en algunas ocasiones lo que hacía era que almorzaba una barrita y me esperaba a comer todo lo que quisiera en la fiesta, por la noche. Hubo numerosas veces en las que pensé que renunciaría, que iba a ser como las demás ocasiones, que seguirá gorda sin esperanzas de progresar, ni cumplir mi meta. A pesar de tener esas dudas yo le pedía a Dios que me diera la fortaleza de ser diferente; poco a poco, cada día a su vez. 

Me encontraba acomodando mi cuarto el 24 de diciembre cuando llego mi primo; que en cada oportunidad que me veía me aconsejaba hacer ejercicio, yo como he sido siempre de cabezona me daba chicha, a nadie le tenía que importar si yo era gorda o no y él no iba a hacer que yo cambiara. Sorprendentemente ese día me dijo que estaba flaca; quise agarrarme de algo, porque no me parecía normal que él me estuviera diciendo eso a mí. Pero si era real, mi esfuerzo ya se estaba notando y eso me llenaba de alegría y ganas de seguir adelante.  Sí, en mi familia me decían que me veían delgada, más que no estaban acostumbrados a verme con ese aspecto.

Seguía tratando de comer equilibradamente y seguir la dieta que hice yo sola, para lo que yo creí conveniente para mí y mis necesidades de tener el cuerpo que yo quería. Feliz estaba de que mucha ropa se me veía muy bien, de que podía usar camisetas sin mangas, sin contener la respiración todo el rato, ropa que no me había atrevido a usar antes ya la podía usar sin vergüenza alguna. Claro yo también estaba notando mis cambios, pero no había llegado aún a lo que yo quería. Me faltaba bajar unos kilitos demás y aplanar el estómago.  Me acuerdo que yo tenía de motivación muchas cosas, por supuesto quería dejar de ser como era antes y sentirme guapa. También pensaba en una muchacha que según decían era muy bonita que iba a entrar a undécimo y yo dije no no nadie me va a quitar a mi novio, yo tendré mejor cuerpo de ella.

Llego la entrada a clases en donde me puse todavía más estricta con lo que comía en la mañana. Ya me arreglaron los pantalones y yo estaba lista para ir a lucirme con la nueva yo. Al principio tenía que usar camisetas viejas que me quedaban grandes y no se notaba mucho mi transformación de las vacaciones. Pero la gente a mi alrededor que me conocía desde antes si veía que yo no estaba igual. Y me decían que flaca que está este año. Un niño me dijo ¿qué le paso? Usted antes era, e hizo con un gesto con sus manos abriéndolas y describiendo a alguien grande y ahora esta: con sus manos hizo un gesto describiendo a alguien que había reducido su tamaño. Ese comentario aparte de darme pena por lo que antes pensaba de mí, me hizo sentir bien, al fin disfrutaba de éxito por ese lado.

Me propuse ir 3 días a la semana al gimnasio, y los que no asistía, hacía abdominales en mi casa. También como ya estaba en décimo y la cosa era enserio, entonces llegaba a mi casa a estudiar, a hacer tareas y trabajos todos los días después de clases o si era el caso luego de ir al gimnasio, ya cuando venía demasiado cansada. Me acostaba muy tarde después de terminadas mis labores y me sentía tan orgullosa de mí misma, de poder con todo, con la ayuda de Dios al que todos los día le pedía energía y motivación para continuar esa nueva vida, muy diferente a la que llevaba antes. Los resultados de todo eso se notaban con el paso del tiempo, era más inteligente, sabía más cosas, terminaba mis trabajos en clases. También en educación física logre algo que nunca creí que obtendría. En esa materia nos hacen pruebas para ver quien tiene mejor condición física, en la cual nos ponen a correr de un lado para otro. Me toco mi turno y yo con ganas empecé a correr. Aparte de que ya era algo usual correr en mi casa, con los ejercicios tenía mayor capacidad de aguante. Y sí, lo logre quede de ultima en los de mi grupo y fui la mujer que tenía la mejor condición física del aula. No lo podía creer, se sumaban muchas consecuencias buenas con todo lo que estaba haciendo. El problema era que no solo eran consecuencias buenas sino también malas. Porque estaba durmiendo muy poco y en clases a cada rato sentía que mi cabeza se caía y mis párpados no lograban quedarse abiertos. Me estaba desgastando por no descansar y estar haciendo siempre algo. Otra parte mala era que yo siempre había sido muy loca, pero por concentrarme en el cole ya no hacía tanto loco ahí. También pasaba de mal humor la mayor parte del tiempo, ya fuera porque tenía sueño, cansancio o por todo el estrés que tenía acumulado. Otra de las razones por las cuales pasaba de chicha era porque yo veía que todo el mundo podía comer lo que quisiera y yo no, ósea si podía, pero no por la dieta que estaba siguiendo. No me parecía justo que yo estuviera haciendo un gran sacrificio para verme bien y otras se atragantaran de comida y se siguieran viendo bien sin preocuparse por nada. Pero eso ya eran los organismos de ellas, por lo que yo tenía que hacer doble esfuerzo. Pase de ser alguien muy alegre y divertida, a ser pesaba y malhumorada; por supuesto yo trataba de no ser así pero ese momento era más fácil estar con chicha que feliz. Era menos desgastante una mala cara que una sonrisa que viniera del corazón.

Entre semana, en la mañana desde que me levantaba hasta las tres de la tarde o cinco y media, si iba al gimnasio, solo comía una barrita y una fruta. Llegaba a mi casa y almorzaba carne, ensalada y un poco de frijoles con una cosa llamada tostitos. En la noche comía una fruta con cereal y unas galletas o las galletas integrales con una fruta. Cada vez trataba de hacer más ejercicios y superarme todo lo que pudiera. Al puro principio solamente podía en abdominales hacer series de 25 y luego podía hacer series de 85, tal vez lo hacía por mérito personal o por ganarle a mi novio en lo que él hacía.

Empecé a notar que había perdido todo mi trasero, mis pechos se habían reducido y casi nada de la ropa que compré en navidad me quedaba bien. Otra cosa que me tenía bastante inquietada era que no me venía la menstruación y ella persistentemente conmigo había sido puntual y no había desaparecido ni por un mes. Ya los comentarios buenos que me decían que estaba flaca que se hacían tan dulces a mis oídos, se habían convertido en comentarios de preocupación por lo poco que comía y el ejercicio en exceso que estaba haciendo. Mis amigas, mis amigos, mi familia y mi novio me lo decían, yo por mi parte solo les respondía que me encontraba bien y que en cualquier momento yo podía comer si quería. Pero la verdad era que no quería; ya que yo veía que todavía me faltaba bajar y perfeccionar mi estómago. Mientras tanto disfrutaba de poder usar vestido de baño de dos piezas e ir cuando quisiera a la piscina. No tener pena de cambiarme ni de andar en ropa interior, porque mi panza ya no era de la misma manera que antes, claro si estaba triste por haber perdido mi trasero, pero decidí ser una mujer sin trasero y continuar aprovechando eso que me estaba costando tanto tener. Ya pesaba igual que mi amiga delgada y tenía la misma talla que a la que le decían que podía comer en clases. Todo eso me consumía y me hacía luchar por seguir así y bajar más si pudiera, ya que todo eso me hacía sentir increíblemente bien y hacía que todo valiera la pena. Hubo días en que me desesperaba y comía todo lo que quería, a pesar de que ya no tuviera hambre, porque o aprovechaba ese día o quien sabe hasta cuándo podría comer algo que se me antojara. Entonces hice una lista de cosas que quería y ese específico día comía todo lo que me placiera. Tanta comida que mi cuerpo no estaba acostumbrado a recibir hacía que fuera muchas veces al baño. En una ocasión me sentí muy mal y traté de vomitar, pero no me salía y seguía tratando hasta que pude un poquito. Cuando termine no tenía la vista bien, y me di cuenta de que era porque me había roto unos vasos capilares en los ojos por tanto esfuerzo que había hecho. Otro día me enferme y lo peor es que lo seguía haciendo a pesar del daño que me hacía, porque era un día especial, en el cual me liberaba.

 Mi mamá como cualquier mamá estaba muy pendiente en lo que yo hacía y preocupada por lo que me pudiera estar pasando, así que saco una cita con una nutricionista. Yo acepte tratando de ser obediente, pero en mi mente llevaba este pensamiento: nadie no me importa quién sea tiene el derecho de obligarme a comer más de lo que como o hacer que aumente mi peso. Puesto que yo no lo iba a escuchar e iba a hacer lo que me pareciera mejor. Más que toda mi vida he odiado que la gente que no tiene por qué decirme que hacer lo haga y me obligue a hacer cosas que ellos quieran. Eso me pondría todavía de peor humor. Pero fui con la mente abierta, ella me peso y me midió. Nos explicó que lo que me faltaba eran lácteos porque mis huesos no pesaban ni un kilo y si quería medir un poco más debía tomar yogur en las mañanas y aumentar los lácteos. Aunque lo único que puedo llegar a crecer es metro cincuenta y cinco, que es demasiado poco. También debía consumir más proteínas para aumentar mi porcentaje de masa corporal, que también estaba muy bajo. Así que me dio unas opciones para comer en la tarde que tenía igual o menos calorías que lo que yo estaba comiendo normalmente en la noche. Acepte ya que supuse que tenía la razón y no iba a hacer que aumentara de peso, solo mejorar lo que comía.

Eso trajo la paz a mi mamá y a mí, gracias a Dios mi cuerpo no tenía nada malo y yo podía continuar con mi objetivo. Me mandaron a hacerme unos exámenes de sangre para estar seguros. Así que fui y le pedí a Diosito que todo saliera bien. Una vez más todo salió bien, todo estaba en los parámetros normales. Aunque se notaba que la ropa me quedaba realmente grande y ya hasta me dolía sentarme en cosas duras, y podía sentir mi hueso de atrás. En dos semanas me tocaba ir de nuevo a la nutricionista para pesarme y ver que todo se mantuviera bien. Como yo vi que me mandaron a comer un poco más de lo que comía normalmente, empecé a hacer mucho más ejercicio, más que no había podido ir al gym por culpa de los exámenes. Uno de esos días comí en KFC. El pollo ahí esta empanizado y la ensalada tiene mucha grasa, por lo que tome la decisión de no comer nada en la noche y hacer un poco más de ejercicio. Otro día también me pareció haber comido mucho porque de nuevo compraron pollo empanizado de KFC. Ese mismo día salte 2300 veces con mi suiza y no comí más que un mango en la noche. Me dolía la cabeza pero eso se me iba a quitar con dormir, aparte ya iba a terminar el día y empezar otro, ¿para qué iba a consumir alimentos demás?

Esa semana me cuide mucho con lo que comía, guardándome para el martes siguiente que había designado para comer todo lo que quisiera. Ya tocaba ir donde la nutricionista para pesarme. Llegamos y me evaluaron, en todo lo que se suponía que tenía que aumentar había bajado; yo nunca pensé que una persona se podía encoger, pero si se puede, yo me había encogido medio centímetro, mi masa de los huesos se redujo en vez de aumentar con los yogurts que me estaba comiendo todos los días. Y también mi masa corporal se redujo por lo que pesaba un kilo menos. No estaba resultando nada, a la nutricionista se le veía la cara de preocupación y empezó a hablar de desórdenes alimentarios, me decía que a mí ya se me notaba en la cara y me describía otros síntomas que podrían aparecer por culpa de eso. Jimena, así se llamaba la nutricionista; nos contaba que ella había acompañado a la hermana cuando sufrió ese problema y que era muy difícil. Nos aconsejó ir donde una psicóloga para saber qué era lo que yo estaba buscando, poder solucionarlo y no matarme de a poco, lastimando y exigiéndole demás a mi cuerpo. En ese momento yo la observaba fijamente a los ojos, haciéndole preguntas para asegurarme de lo que estaba pasando, no se por qué pero me causaba risa que mi mama estuviera atacada llorando por lo que nos estaba diciendo Jimena. Veía al otro lado y mi hermana estaba a punto de llorar también. Por tanto llanto, sentía que se me venía una lágrima, sin embargo decidí ser fuerte y mostrar buena cara. Salimos y yo seguía como si nada, esperando el regaño de mi mama cuando entramos al carro. No me regaño, solo me pidió mi opinión sobre todo lo que estaba pasando, yo no supe que contestar. Pasamos al supermercado a comprar unas cosas y vi algo que me puso a pensar; una señora súper flaca, sin nada de nada atrás y muy pequeña; ¿así me vería en unos cuantos años? Si seguía así ¿me quedarían más años por vivir? Llegamos a mi casa y cocinaron el almuerzo. Mi madre me sirvió bastante arroz, me hizo un Gordón Blue con queso, jamón y huevo. Yo lo vi en el plato e hice mala cara, bueno; pensé no me voy a comer todo esto, jamás están locos. Pero voy a hacer que hago el intento. Cogí mi plato e hice a un lado todo lo que no me comería porque me iba a engordar y eso no iba a pasar. Mi mamá quería que yo me comiera todo eso pero yo no quería hacerle caso. Hasta que ya no aguante más y empecé a gritar: ya no puedo más, ya no puedo más y me estalle a llorar. Me fui a mi cuarto tratando de desahogarme sola. Luego mi mami llegó y me abrazó con dulzura, yo seguía llorando con desesperación y al fin desperté. Le conté a mi mamá todo lo que sentía, la causa del porque casi siempre estaba de chicha y lo que sentía al respecto. Yo entendía el problema que estaba viviendo, porque no soy tonta ni nada parecido; yo lo escuchaba de las bocas de todos, y era muy simple; o comía o me moría. Lo malo es que no lo había querido aceptar, debido a que era tanto el temor a engordar y perder lo que había logrado por primera vez en mi vida, que nada más parecía importar. Pero llegó el momento en que debía importarme, debía hacer caso de veras. Mi papá también me dijo que ahora ellos deberían interferir en las cosas que yo hago. Obvio tenía razón, porque ya era grave y la vida no es un juego en el que puedes participar muchas veces, aquí solo hay una oportunidad de continuar.

Entonces acordamos comer una harina en el almuerzo y un batido proteínico de más al día, yo acepte, me parecía bien y creía poder cumplir con lo nuevo que me estaban imponiendo para mi salud. Ah y también debía acostarme a las 10pm para tener más energía y no tener cara de muerta, con grandes ojeras todos los días. Cómo me habían dicho; debía pensar que era lo que yo quería exactamente. Cuál fue mi primer objetivo, cómo se distorsionó en el camino y cómo llegué a tal punto, en que puse a peligrar mi vida por razones superficiales y físicas.

Todavía mejor, ese preciso día, dieron en siete días un especial de la anorexia. Aja, al parecer yo tenía todos los síntomas. La ropa de las hermanas menores no les quedaba por grande, se encierran en su mundo y alejan a la gente a su alrededor, y eso era lo que estaba haciendo al estar de mal humor y tratar con chicha a la gente. También les sale más espinillas, se les cae el pelo, siempre están pendientes de lo que comen, y así estaba yo, yo no podía comer algo de más sin que estuviera en mi conciencia todo el día, si comía menos me sentía orgullosa de poder aguantar el hambre y hacer sufrir a mi organismo. Se obsesionan con los ejercicios y cada vez hacen más. Los atracones de comida, que luego consciente o inconscientemente provocaban ir al baño para desecharlo todo. Y claro la amenorrea, que es la ausencia de la menstruación durante 3 meses; 3 meses ya habían pasado y nada que decidía aparecer. Mi cuerpo no estaba en condiciones para producir la menstruación. Estaba frágil, pero mi mente se seguía aterrorizando con la idea de engordar. Así que sí, tengo anorexia, está empezando y todavía hay tiempo de corregirla antes de que sea demasiado tarde. Y con tarde me refiero a la muerte.

Varios pensamientos e ideas pasaron por mi mente. Algunos cuerdos y otros no, para nada. Lo que yo quería desde un principio era ser flaca, pero no sabía que el peso era relativo y podía alterarse por muchas cosas. Ahora me decían que tenía mucha grasa y poca masa muscular. Debía tornar esos balances, en mi mente supuse que podía seguir siendo igual de flaca, solo que subiendo la masa muscular y bajando la grasa. La razón por la que tenía esa grasa era porque mi cuerpo estaba transformando las frutas y lo poquito que consumía en grasa para poder tener energía y continuar funcionando. Yo quería tener un buen cuerpo, pero ni siquiera eso estaba logrando, ya que no tenía nada de trasero, ni de pechos y más bien me veía huesuda y no saludable como me lo dijo un amigo. Lo que si deseaba mantener era mi estomago plano, que ojalá con las proteínas demás se pudiera fortalecer y hacer mejor.  Me pareció estar loca cuando en un momento pensé que renunciaría, que prefería seguir así y terminar con mi vida a luchar y llegar a ser gorda de nuevo. Por dicha recupere mis estribos rápidamente, y me regañe; cómo podía estar pensando eso, la vida es increíble y me falta tanto por vivir, yo quiero casarme con el amor de mi vida, tener una boda de ensueño con todos mis seres queridos. Tener una carrera exitosa, al lado de mi amiga. Ir de luna de miel a un país lejano, tener hijos e hijas sanos de cuerpo y alma. Viajar a todas las partes del mundo y traer fotos y recuerdos. Y no yéndose muy lejos, quería seguir disfrutando con mis amigas, salir con mi novio, pasar tiempo con mi familia, pasar décimo con una excelente nota de presentación, ir a fiestas, ir a la despedida de cuartos a quintos, pasar undécimo, graduarme, ir al baile de graduación, estudiar inglés en Londres, respirar, caminar, oler las flores, escuchar mi música preferida, recostarme en el sillón sin bañarme hasta que sea la hora del almuerzo y de deleitarse de los placeres de la vida, que Dios nos regala.

Gracias por escuchar mi historia, espero que haya sido de ayuda.